Por: Gustavo Morales de León

Dice el diccionario que la expresión “cortesanos” viene del que pertenece a la corte, es decir, del áulico, del cortesano, del palaciego, de aquel que está sometido a su señor, ante el cual se inclina y obviamente, al cual se debe y obedece.

Resulta a todas luces ridículo, por decir lo menos, ahora que el ejercicio de la participación, interpretada como atributo de la democracia moderna, ha llevando a funcionarios del gobierno que manejan los hilos de la corrupción, y a mandatarios del departamento de Bolívar, que hoy se muestran como adalides, a hacer un grupo de aliados incondicionales, para que divulguen en sus diversos escenarios los más variopintos comentarios que enaltezcan su labor a cambio de infames monedas, sin tener el más mínimo recato, así sea que el cortesano sepa que el funcionario del gobierno, o en su defecto el gobernante no tenga la razón.

Quienes conocemos de a puño todo este tejemaneje, tenemos claro que los áulicos son aquellos que se recuestan al poder, y por lo regular disfrutan de sus capacidades histriónicas y pantomimas para aparentarle a su cliente que hasta que el péndulo vuelva a su punto de origen es su fiel y leal buen amigo. El áulico es un experto en acompañar a sus sacrificados en las primeras filas de los más diversos auditorios, en las mesas principales, o cuando al que le da los “reales” le van a tomar una foto, aparecen indefectiblemente la nube de lagartos de todos los pelambres chocándose las manos con el que le autoriza el pago de su cuenta por el concepto de asesoría de imagen

Las miradas pícaras y coquetonas con las que los áulicos del poder acompañan con sus sonrisas, sus vítores, sus grabaciones y sus aplausos a cuanto político y funcionario público corrupto se encuentran en el camino, resulta a todas luces desalentador, pues esa pequeña pero ruidosa manada de camarilla de lambones, le hacen un flaquísimo servicio al político, al funcionario público, al gobernante y a la sociedad, porque su servilismo a la larga termina aislándolos. Los envuelven con expresiones de júbilo y les hacen creer que toda va muy bien, que sus felicitaciones y expresiones de alegría, solo son el reflejo de aquel sentimiento de admiración, agradecimiento y franca complacencia pero por lo que de manera particular le representa económicamente para sus intereses personales al palaciego.

Los cortesanos por lo general no solo defienden a capa y espada los intereses de quien le reconoce sus estipendios, sino que son personajes que medran alrededor del poder de turno porque saben que es estando cerca al poder que aseguran su supervivencia y permanencia en primer plano, ya que la sombra del superior, los abriga y les permite actuar como si fueran ellos los que mandaran.

El pobre Catón, gran senador de la antigua Roma, debe estar revolcándose en su tumba ante la desfachatez y la capacidad teatral desplegada por estos sujetos cómplices de la corrupción, cuya actuación, es indudable, tiene cierto eco ante auditorios incultos y obviamente con un déficit superlativo de elementos que les permiten actuar como verdaderos ciudadanos y ejercer su ciudadanía en la plena extensión de la palabra y el concepto, como lo es propio de una verdadera sociedad política.

Fuente http://elsolweb.tv