Estamos perplejos ante conflictos bélicos y acciones terroristas que no sabemos cómo entender ni combatir. Los atentados del terrorismo yihadista, la misma naturaleza del autodenominado Estado Islámico, tienen unas propiedades que no cuadran con las viejas categorías bélicas. Los nuevos conflictos se llevan a cabo sin Estados, sin Ejércitos, fuera de toda lógica territorial. Por eso los clásicos instrumentos militares pierden buena parte de su eficacia en estos nuevos conflictos. Nos enfrentamos a adversarios que no tienen ni territorio, ni Gobierno, ni fronteras, ni diplomáticos, ni asiento en el Consejo de Seguridad, ni verdaderas razones para negociar.

Las guerras son un asunto cada vez más social que militar. Las guerras se insertan en las sociedades y se dirigen más a los civiles que a los militares. La guerra de los pobres ha sustituido a la competición entre los poderosos. No se trata de una confrontación entre poderes establecidos sino que es efecto de la ausencia de instituciones, la precariedad del vínculo social, a la miseria que encuentra en las guerras un medio por el que canalizarse. Son conflictos que se alimentan de patologías sociales que trascienden el juego interestatal y que requieren un tratamiento social. No sólo porque implica a más civiles, sino porque sus causas están más en los dramas sociales que en las estrategias políticas de los dirigentes.

Explicar de dónde surgen los conflictos, cuáles son sus causas profundas, no disculpa ni relativiza la agresión pero sirve para combatir sus causas, más allá de las respuestas que haya que dar a sus manifestaciones. Estos nuevos conflictos se explican por la desintegración social, el contagio que caracteriza a un mundo interdependiente y el carácter global de la desigualdad.

Lo esencial de estos conflictos hay que buscarlo en el recorrido que conduce desde los sufrimientos sociales a una violencia globalizada. El sociólogo Durkheim puso en el centro de su pensamiento la idea de que la falta de integración social conduce a patologías severas. La globalización ha alcanzado un nivel de proximidad, visibilidad y densidad social equivalente al que tenían los Estados europeos a finales del XIX. La paz mundial está amenazada por la falta de integración social internacional. El sufrimiento se internacionaliza a más velocidad que nuestra capacidad de integrar a ese mundo institucionalmente. Estamos en unos momentos en los que lo internacional es más bien intersocial. Esta intersocialidad corre más deprisa que la decisión política y produce sus efectos antes de que la política se haga cargo de ella.

En un mundo interdependiente los problemas se expanden y nos afectan a todos. Es un mundo en el que ya no podemos ignorarnos, donde la desatención hacia las miserias de otros no nos protege de su influencia. La indiferencia no es posible, ni material ni éticamente. La idea de interdependencia significa que todos dependemos de todos, el débil del fuerte, pero cada vez más también el fuerte del débil, cuyo sufrimiento termina por alcanzar al que se creía más a salvo. ¿Qué seguridad podemos tener en un mundo en el que todos estamos vinculados con todos, donde la violencia no se detiene ante ninguna frontera, como las enfermedades o la contaminación?

La desigualdad se ha convertido en una magnitud global. En un espacio visible y comunicado la referencia para valorar la propia situación tampoco se para en las fronteras. De ahí la intensidad de los movimientos migratorios y la inutilidad de limitarlos cuando las aspiraciones de igualdad se formulan a escala global y los parámetros de comparación han desbordado el seno de los Estados. El hambre, el paro, las guerras, la inseguridad sanitaria, la debilidad de las instituciones, todo eso contrasta con las posibilidades abiertas en otros lugares del mundo y desata el movimiento imparable de los desesperados. La brutalidad de los contrastes sociales se ha convertido en un generador de desplazamientos masivos. Un mundo extremadamente desigual es fuente de inestabilidad e inseguridad.

Si queremos gobernar esta globalización del sufrimiento no tenemos más remedio que llevar a cabo una política social de la globalización, que implica regulación, solidaridad y cooperación. Hasta el PNUD de 1966, teníamos un modelo de desarrollo que solo atendía a variables económicas. A partir de ese momento, las consideraciones sociales globales entraron a formar parte del análisis de la situación internacional. El Índice de Desarrollo Humano comenzó a ampliar la agenda de la seguridad e incluyó las dimensiones sociales. El sufrimiento colectivo se ha ido haciendo un hueco en las agendas globales.

Hemos entrado en la era de los conflictos de la exclusión social, en relación con los cuales la intervención militar es una solución insuficiente. No se combate la violencia de extracción social con intervenciones armadas. Se trataría de dar prioridad a las cuestiones sociales internacionales, entender las cuestiones internacionales desde la perspectiva de lo social. Hay una cuestión social global que hay que diagnosticar y gestionar como se hizo con la cuestión social que se planteaba en el interior de los Estados durante los siglos XIX y XX.

Daniel Innerarity
Catedrático de Filosofía Política Universidad del País Vasco