Trino del Presidente Santos el pasado 8 de febrero a propósito del plebiscito por la paz y las negociaciones con las FARC.

 El todo por el todo

“Lo que se firme en La Habana lo someteré a plebiscito, les guste o no a las FARC”. Con  los 140 caracteres de este trino, el Presidente se acaba de jugar  de un solo golpe su obra de gobierno, lo que se ha logrado en las negociaciones y todo -o casi todo- el futuro de Colombia. Así de simple.

Si el presidente mantiene su palabra, las FARC tienen apenas dos opciones: levantarse de la mesa a estas alturas y revivir su guerra, o resignarse al riesgo de quedarse sin el pan y sin el queso – es decir sin las armas, sin perdón judicial y sin espacio político ninguno-.

Hay otra opción posible, pero es peor todavía: que las FARC se mantengan en armas hasta que el pueblo apruebe los acuerdos…y que si el pueblo vota “no” se queden en el monte hasta cuando las fuerzas armadas las obliguen a rendirse sin ninguna condición.

Las FARC no podrán aceptar el mecanismo porque el riesgo para ellas es prohibitivamente alto.

Esta precisamente ha sido la pared que impide negociar con el ELN, que no acepta abandonar las armas mientras no se produzcan las reformas.

La jugada de Santos no es gratuita: cuando se vio acorralado por Zuluaga en la campaña de 2014, el candidato-presidente prometió a todo volumen que su acuerdo con las FARC sería sujeto a decisión del pueblo. Su segundo mandato se debe a esta promesa.

Pero además la jugada de Santos es simultáneamente predecible, comprensible y magistral:

  • El plebiscito le sirve para lavarse las manos –lo predecible a partir de su carácter (o  falta de carácter)-;
  • Le sirve para acallar a su mentor y némesis Uribe –lo comprensible como estrategia política-, y
  • Le sirve para poner las FARC ante el despeñadero de someterse al voto popular -el golpe verdaderamente magistral-.

Y Colombia queda ante tres (o ante cuatro) posibles resultados:

  • Que la guerra prosiga con todos sus horrores.
  • Que las FARC se desarmen y  luego el pueblo rechace los acuerdos de La Habana- el escenario que presumiblemente querría el uribismo-.
  • Que las FARC se desarmen y los acuerdos sean aprobados- el escenario que quizás preferirán los progresistas-.
  • O que las FARC esperen en el monte y el resto de nosotros esperemos al próximo gobierno.

Eso dice la lógica. Pero en la práctica los partidarios de la paz pensarán que estoy exagerando porque el “sí” ganaría en un plebiscito, mientras los adversarios del proceso   contestarán que así es la democracia. Veamos las dos cosas.

El albur

Ante la disparidad de los resultados electorales contrastados con las encuestas es difícil saber los movimientos electorales del plebiscito.
Ante la disparidad de los resultados electorales contrastados con las encuestas es
difícil saber los movimientos electorales del plebiscito.
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Es verdad que los medios en general afirman que el apoyo al proceso de paz ha aumentado, que las encuestas vienen mejorando, y que esto corresponde a hechos objetivos como el avance evidente de la Mesa, la inminencia del acuerdo, la disminución vertical de la violencia, el aplauso mundial a Colombia, o incluso el cambio de tono de Uribe.

-Pero tal vez la mayor dificultad de las encuestas es distinguir entre la gente que opina y aquella que se toma el trabajo de votar. Esto parece explicar por qué las firmas más sólidas se equivocan al predecir las elecciones, no apenas en Colombia sino, digamos, en las recientes de Argentina, las generales de España, o las primarias en curso en Estados Unidos.

-El asunto se vuelve más difícil porque el plebiscito sería una votación completamente atípica en Colombia:

  • ¿Se moverán las maquinarias? ¿De qué lado?;
  • ¿Circulará la mermelada? ¿Con que plata en mitad del apretón?;
  • ¿Las FARC harían campaña por el sí -y con qué efectos-?;
  • ¿Optará la oposición por el no, o por llamar a la abstención para evitar que se complete el umbral?;
  • ¿Será que lo campesinos votan en masa? ¿Y será que la gente no vota en las ciudades?
  • ¿Qué harán (qué haremos) por fin los angustiados entre el anhelo de paz y la indignación ante la impunidad que se nos viene?

-Recordaré también que hay un debate sobre la confiabilidad de las encuestas, con argumentos viejos pero ciertos de errores de muestreo y medición; argumentos renacidos cada vez que las encuestas se equivocan (como volvió a pasar en las pasadas elecciones regionales); argumentos nuevos como la masificación del celular, y argumentos preocupantes en Colombia sobre la falta de reglamentación o auto-regulación de las encuestadoras.

-Después hay que notar que aun en las encuestas favorables hay, digamos, entre el 30 y el 40 por ciento de la gente que se opone al proceso de La Habana, y que este sería el mínimo o el núcleo duro por el “no”, en un país que ha estado -y sigue estando- polarizado muy intensamente.

-Y para redondear hay que decir que nadie tiene en realidad ni idea de lo que dicen las encuestas. A punta de titulares – o ignorantes o engañosos- los medios hacen pensar que el clima de opinión está cambiando, cuando en efecto las preguntas no han sido comparables. Una cosa es “¿Cree usted que en La Habana habrá acuerdo?”, otra es “¿Aprueba usted la decisión de negociar?”, una tercera es si “usted desea la paz”, otra es pensar que “la firma le traería beneficios”, otra es si votaría en el referendo, si aprobaría las reformas, si le parece bien que no haya cárcel, o que los guerrilleros sean elegibles, o que uno vote por ellos, o que se esté dispuesto a perdonar… De este batiburrillo quedan- tal vez- sólo tres cosas en limpio:

  • El infantilismo ético del ciudadano medio (quiere la paz pero no sus costos);
  • La asociación gaseosa entre actitud ante el proceso de La Habana y favorabilidad  (cambiante) del presidente Santos, y
  • La falta de un saber o seguimiento riguroso sobre un asunto de tanta trascendencia.

Alguien dirá que de eso se trata: de ir a plebiscito para saber lo que ahora no se sabe. Pero mi punto es otro: que las FARC no podrán aceptar el mecanismo porque el riesgo para ellas es prohibitivamente alto.  Y así quedamos ante la sin-salida que mencioné al principio.

Trampeando la moneda

Para Santos (también) el “no” sería una bofetada y por eso nos ha salido con tres maniobras complicadas:

-La primera y más obvia fue la ley que regula el plebiscito y donde bonitamente se hicieron tres cosas: (1) Cambiar el referendo que exigía el propio Santos y donde las reformas tendrían que votarse en forma separada, por el simple sí-o-no a una pregunta global; (2) Reducir el umbral de los 15,5 millones de votos (con 7,8 millones por el sí) que requiere la ley estatutaria, a los 4,5 millones que ahora deben votar “sí”, y (3) Ordenar que no solo el presidente sino “el Congreso…y los demás órganos del Estado” queden sujetos al resultado, lo cual es inconstitucional porque desnaturaliza el plebiscito (que se refiere por definición a decisiones propias del Ejecutivo).

-La segunda maniobra fue más oscura. Como la mesa estaba empantanada, Santos envió a su hermano a decirle a “Timochenko” que no se preocupara porque (1) No habría cárcel, (2) Se adoptarían de común acuerdo un código penal alternativo (el de 75 artículos que por fin divulgaron en medio de las fiestas navideñas),  un aparato judicial distinto de el del Estado colombiano, y unos jueces escogidos por algún “mecanismo de consenso entre las partes”  (lo cual en plata blanca significa un tribunal de cómplices).

-La tercera maniobra es todavía más dañina. Con el falso argumento de que “justicia es tratar igual a los iguales” –cuando en efecto la justicia transicional consiste en tratar de manera desigual a criminales que chantajean a una sociedad con la amenaza de seguir delinquiendo-, el presidente decidió que el perdón se extendería a “todos los delitos relacionados con el conflicto”, y así sus autores ya no quieran, o ya no puedan, o ya no necesiten chantajearnos. Para decirlo como es: aquí está la carnada irresistible para que los enemigos más duros de la paz se suban en el bus del plebiscito.

Con la zanahoria de impunidad universal y el “ganganzo” en el número de votos, Santos espera que todo mundo  empuje para que haya un “sí”. Pero persiste el riesgo de un “no”, y además estas maniobras han escalado el costo moral de la paz que esperamos.

Esa es la democracia

El Presidente Santos junto al comandante de las FARC Timoleón Jiménez en La Habana, Cuba.
El Presidente Santos junto al comandante de las FARC Timoleón Jiménez en
La Habana, Cuba.
Foto: Presidencia de la República

El argumento desde el otro lado parece contundente: “el pueblo ha de tener la última palabra”.  Pero también ocurre que:

– El pueblo ya pronunció su última palabra. A esto se redujo la elección en dos vueltas del presidente Santos, mucho después de estar sentado negociando en La Habana. Y si me dicen que la opinión sigue dividida, habría que repetir todas las votaciones y revalidar  constantemente lo que ya fue aprobado. El plebiscito es la tercera vuelta en las presidenciales de hace dos años, un sinsentido histórico, jurídico y político.

El plebiscito es la tercera vuelta en las presidenciales de hace dos años.

– Sobre lo democrático que sea un plebiscito habría mucha tela que cortar. Dicho en breve, los filósofos políticos enseñan que no es serio, ni respetuoso, ni de veras “democrático” pedirle al ciudadano que conteste con un mero sí o no una pregunta que ocupa más de cien páginas (las publicadas hasta ahora) y que versa sobre cosas tan diversas. Y por su parte los estudios empíricos indican (1) que el plebiscito acaba siendo un voto sobre la persona del gobernante, no sobre la política que presumiblemente se consulta; (2) que todo depende de cómo se redacte la pregunta (“¿vota usted por la paz de Colombia?” o “¿está de acuerdo con Timochenko y Santos…?”), y (3) que en una decisión con tantísimas variables los pesos o valores relativos cambian con el momento y el estado de ánimo – o sea que el voto medio es más bien caprichoso-.

– Y para completar, el plebiscito será poco eficaz en nuestra democracia. Si gana un sí (o un no) reñido, como cabe esperar, la polarización se mantendrá y el perdedor añadirá que las votaciones fueron amañadas: la legitimidad política no habrá aumentado mucho. En  términos jurídicos, ni el presidente necesita de refrendación porque está expresamente facultado para firmar la paz, ni el plebiscito le sirve porque el acuerdo con las FARC no puede obligarlo a cosas que no sean de su estricta competencia.

El remedio

Tras descartar las varias fórmulas hechizas de nuestros estadistas (papeleta, consulta, mega-encuesta, referendo, “congresito”…), el presidente se jugó al plebiscito mientras las FARC se aferran a la constituyente.

En un país tan lastimosamente confundido, a la constituyente le han salido amigos tan distintos como Serpa, el Centro Democrático, el senador Cepeda o el exalcalde Petro, además de quienes piensan (con razón) que el país está desbarato y que las reglas de juego se perdieron. Pero sucede que nadie tiene ideas claras ni fuerza bastante para establecer ese presunto orden nuevo, y que un salto al vacío como el de 1991 no se corrige con otro salto  de la mano de las FARC.

El punto es bien sencillo: una constituyente para ratificar los acuerdos de La Habana nos saldría sobrando, y una que los re-escriba o que los re-negocie nos saldría costando. De modo pues que el presidente tiene toda la razón y que no puede aceptar una asamblea que deshaga lo que con tanto esfuerzo logró hacerse en La Habana.

Como las FARC no pueden ir a plebiscito y Santos no puede ir a la constituyente,  desde hace meses concluí que simplemente no habrá acuerdo de La Habana.

A no ser, como  entonces sugerí, que las partes borraran de la agenda ese renglón final que las condujo al callejón sin salida y que dice escuetamente “6.6. Mecanismos de refrendación de los acuerdos”.

Las cosas se deshacen como se hacen.

Fuente: http://www.razonpublica.com/